Obras – Serie amarilla

Esta serie está basada en parte en la rosa, sólo por la manera de hacer semejante de inscribirse un motivo en medio.

Si de la rosa me sedujo el color, aquí de hecho pasa lo mismo. La relación amarillo negro o amarillo gris, viene de atrás, pero no mucho (unos cien años). Es una relación que tiene una corta y feliz carrera.

Los pigmentos amarillos tal y como lo entendemos hoy (no siempre ha sido así) tienen poca tradición. Antes se llamaba amarillo a otros colores que hoy no lo pensaríamos. Amarillo y rubio, podrían ser sinónimos; amarillo era ese color amarillento, como el ocre o similares. Había amarillos derivados del plomo, del azufre o del arsénico, pero ninguno era el amarillo de tono limón que entendemos hoy por amarillo. Basta con mirar las pinturas antiguas y amarillo no hay. El amarillo como tal, como color vivo, lo que ahora llamamos cadmio, o de tono similar, de la procedencia que sea, aparece a finales del siglo XIX y es el amarillo de cromo; de hecho, es un cromato de plomo que solía perder su tono y virar hacia un verdoso más oscuro; era un amarillo utilizado por los impresionistas, sobre todo Van Gogh y Gauguin.

Prueba de ello es que, mirando hacia el pasado, no encontraremos ninguno de los colores que hoy consideramos amarillo, en los estilos más antiguos: gótico, renacimiento, barroco, además, incluso en el impresionismo, tampoco los encontramos, pues es cuando aparece el amarillo cromo, y se debe tener en cuenta que siempre se necesita un tiempo para que este llegue a ser de uso común. En la época del post impresionismo, de los primeros expresionistas alemanes, el amarillo ya se utilizaba generalmente; normalmente era amarillo de cadmio, pues el de cromo a menudo perdía su brillo y se oscurecía girando hacia el verde, tal como había pasado, parece ser, en algunos cuadros de Van Gogh.

Este es pues un color, que arranca su trayectoria en el siglo XX y que, en mi opinión, ha dado cuadros de una gran belleza y expresividad. Yo me he fijado más, porque son los que más me han seducido, en obras de finales del siglo XX, como l’amuor fou de Miquel Barceló. En el que, por el ventanal de la izquierda se ven las próximas rocas del mar, negros y matéricas, como volcánicas, con las partes luminosas de amarillo, más o menos puro, haciendo un centrado magnífico de una gran fuerza.

Unos cuantos años antes, en la década de los cincuenta, Lucio Fontana pintó unos cuadros matéricos con arena o vidrio en polvo de color negro, gris y amarillo. Estos cuadros inexplicables, tremendamente misteriosos, son para mí, capitales a la hora de apreciar la pintura. Más recientemente también me he interesado mucho por las pinturas amarillas del pintor alemán afincado en España, Albert Oehlen, éstas son muy sugestivas y novedosas.

Ésta serie pues, parte un poco de todo esto. Aplicado como la serie rosa, a mi entorno inmediato.

Hay algo en el ámbito formal, que para mí es muy importante y que diferencia la serie amarilla de la rosa. En una, el color rosa participa del motivo paisajístico inscrito, a pesar de haber un recuadro, este es sobrepasado por varices lugares y se extiende por dentro. La serie amarilla en cambio queda enmarcada, rodeada por un gris oscuro, que no penetra dentro del motivo. Cuando miramos estos cuadros, vemos dos cosas antiestéticas a la vez: algo absolutamente abstracta y geométrica, un cuadrado sobre gris y un paisaje central que no tiene nada que ver, pero es esta conjunción donde la pintura coge su gracia.